
Hoy hace veinte años que el mundo decidió conmemorar el Uno de Diciembre como DÃa Mundial de la lucha contra el sida. Esta es una fecha en la que el mundo entero reclama sensibilización, lucha contra el prejuicio y una educación preventiva que nos ayude a todos y a todas a parar de forma definitiva la pandemia. Desde hace veinte años venimos aquà a recordar a los varios millones de personas que nos han dejado a causa del sida. Este dÃa, y sobre todo este acto, es para ellos y para ellas.
Hace menos años, sólo diez, en el tradicional acto “In Memoriam” de COGAM soñábamos por primera vez, bajo esta Puerta de Alcalá, con un mundo en que ya no fueran necesarios más Unos de Diciembre. Pero pecamos de ingenuos; o de optimistas. Porque en todos estos años nada de lo que posibilita el sida ha cambiado. No hemos acabado con la discriminación ni con la invisibilidad de quienes vivimos con VIH, no hemos derrotado la desigualdad de género, la homofobia, la exclusión social, la explotación y la insolidaridad con el tercer mundo, la ignorancia… todas aquellas realidades injustas que son la locomotora que tira, imparable, de este tren que es el sida y que arrolla a su paso esperanza, salud, sueños y vida.
Por eso, conmemorar el uno de diciembre, llamar a la solidaridad, exigir más medios, más investigación y un pacto global sigue siendo necesario. Ahora la experiencia nos ha hecho menos optimistas y menos ingenuos. Sobre todo hemos aprendido a asumir nuestro papel de liderazgo como personas con VIH para acabar con la pandemia y, desde ahÃ, estaremos alerta.
Vamos a vigilar y a la vez, vamos a crear alianzas con quienes luchan por el fin de la pobreza, la explotación y la exclusión, con quienes quieren acabar sin contemplaciones con la desigualdad por razón de género, con la homofobia y la transfobia. Al fin y al cabo, su guerra es también la nuestra. No sólo porque su éxito garantiza un mundo mejor para todos y todas. Su éxito contribuye, además, a nuestra causa. Cada una de las batallas que se ganen significa poner un muro a los sinuosos caminos que utiliza el virus para expandirse. Porque asà es como lo hace; en silencio, sin avisar, aprovechando la vulnerabilidad de todas las personas en general, y de quienes sufren exclusión en particular.
También estaremos muy pendientes para que las administraciones hagan lo que les corresponde hacer. Nos resulta incomprensible que durante todo un año el gobierno regional de Madrid siga siendo incapaz de tener en marcha una estrategia polÃtica para dar respuesta a la enfermedad y a sus devastadores efectos médicos y sociales. Al menos, aún tenemos la garantÃa de que se nos tratará en algunos hospitales y se nos facilitará la medicación. Siempre que esta vorágine privatizadora de la sanidad pública que estamos sufriendo los madrileños no nos prive de este derecho. Que no lo veamos. Pero por el momento, que nos sirva como alerta el hecho de que, mientras la población con VIH en Madrid no deja de crecer, muchos de los nuevos hospitales no tienen unidad especializada.
El sida requiere de polÃticas valientes y no de fuegos artificiales que quedan muy bonitos y se agotan al instante. Instalar máquinas expendedoras en el metro para vender condones a los jóvenes, por muy baratos que sean, no pueden ser una solución para una población con un alto Ãndice de embarazos no deseados e incidencia de ITS: menos máquinas y más servicios de atención especializada, más acceso al preservativo gratuito y más educación sexual. Eso es lo que necesitan nuestros jóvenes.
Parece casi injusto mirarse tanto nuestro madrileño ombligo cuando sabemos que en el mundo hay más de 33 millones de personas con VIH, de los que dos millones y medio son niños y niñas y cuando el 95% de estas personas viven en los paÃses en vÃas de desarrollo. Ni que decir tiene que está con ellos y ellas nuestra solidaridad, nuestro esfuerzo por reivindicar los fondos necesarios para combatir el sida. Nuestro amor, y nuestra esperanza también están con ellos y ellas.
Pero lo cierto es que aquÃ, en nuestro complaciente primer mundo, la situación no es buena. Primero, porque tenemos un cuarto mundo a la vuelta de la calle, en el que convive la exclusión, las personas para las que la igualdad es sólo un bello espejismo… ya sea por su origen geográfico, su sexo, su identidad de género, su orientación sexual, su edad…
Y segundo, porque el sida se ha convertido en una enfermedad crónica y normalizada. Los pacientes tenemos cada vez mejor calidad de vida. Pero la discriminación, el silencio y las injusticias que vivimos las 30.000 personas que tenemos VIH en Madrid pasan más desapercibidas tras el espejismo de la normalización.
Y es que en Madrid, donde sólo se destina un 1,2% del presupuesto del sida a prevenir nuevas infecciones y minimizar el impacto social, no puede ser de otra forma. No son datos que nos inventemos, están publicados. El presupuesto para abordar tan mala situación epidemiológica es ridÃculo.
La prevención, la lucha contra el estigma, los mayores esfuerzos de la detección precoz y el trabajo con los colectivos más vulnerables se han dejado en manos de las ONGs. Y ese trabajo, en Madrid, se dificulta, se minimiza y se insulta. Nos ha costado encontrar la palabra, pero al final lo hicimos: es “insulto”.
¿Cómo expresar si no la siguiente situación? Seis millones de habitantes, y casi la cuarta parte de los casos de sida del estado. Sólo el Audi oficial del Alcalde de Madrid cuesta el doble que el dinero con que la Comunidad de Madrid subvenciona el trabajo serio y constante de más de 20 organizaciones.
A la luz de estos datos hemos concluido que hoy por hoy, el sida en Madrid no es una gran prioridad.
Por eso, queremos recordar, hoy, y todo el año próximo que las más de 30.000 personas que vivimos con VIH en Madrid vamos a asumir nuestro liderazgo para que el sida importe, para que haya un esfuerzo real por prevenir nuevas infecciones, porque haya una auténtica educación preventiva con criterios técnicos de salud, y no con criterios morales, polÃticos o religiosos. Sobre todo nos esforzaremos en denunciar la discriminación en cualquier entorno para acabar con ella y con el silencio en torno al sida. Porque o hablamos de sida, pero de verdad, o nunca vamos a ponerle freno.
Pero también queremos recordar que hay una responsabilidad, que es la propia de cada uno y cada una. Y esto implica asumir nuestra libertad para decidir, para actuar. Conocer el condón, usarlo, el masculino o el femenino, el que nos vaya mejor, conocer los métodos barrera, saber cómo disminuir los riesgos de transmisión del VIH. Eso sà está en nuestras manos y no en las de ninguna institución. Y entendiéndonos todos y todas en riesgo, por ejemplo cuando cuestiones como el miedo a que él o ella me abandone o el deseo de que me sea fiel y que si no lo es, se cuide aunque no lo hablemos, pesan más que mi derecho a quererme, cuidarme y respetarme.
Hemos hablado de la locomotora que mueve el sida. Ojalá tengamos la certeza y el empeño de que podemos parar esa locomotora. Con algo sencillo y efectivo. Con amor. Con amor y respeto, hacia mi mismo y hacia los demás, hacia la humanidad. Empezando por ahÃ. Queriéndonos. Cuidándonos.
Frente a este lazo rojo, frente a este homenaje a todas las personas vulnerables, a todas las personas con VIH y sobre todo a quienes ya no están, queremos pedir un compromiso, de todos y de todas, de instituciones, de los movimientos asociativos, y de toda la sociedad para que podamos ser algo más optimistas y mantener la promesa. Se lo debemos a la sociedad, se lo debemos sobre todo a las personas cuya memoria recordamos esta noche. Podemos hacerlo, unidos, podemos. Con empeño, compromiso y amor.