
Retratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma
Luis Antonio de Villena
Seix Barral
…y la fraternal nostalgia hacia todas las caÃdas (L. A. de Villena)
Retratos, porque Luis Antonio de Villena nos presenta a Jaime Gil de Biedma a través de sus breves encuentros casi por azar, como instantáneas de polaroid descoloridas. El mismo Villena confiesa que quizá nunca fueron amigos, ejercicio de modestia que le honra, y se limita a contar sobre el poeta lo que sabe de primera mano.
Con flash, inevitablemente con flash, porque el trozo de vida que compartieron quedaba delimitado a los locales de ambiente de los setenta y los ochenta, llenos de chulos, señoritos, estudiantes, borrachos, en una mezcla sórdida y fecunda que jamás se ha vuelto a repetir en Madrid, en una de esas noches que “casi ya se confunde con la vida«. El Oliver, el Black & White, La Cueva, fechas y locales que también frecuenté (pero yo era muy joven), y me estremezco al pensar que quizá me tomé alguna copa junto al poeta.
Villena es uno de nuestros mejores escritores (y cuando digo nuestros no me refiero exclusivamente a la comunidad gay): su lucidez, erudición, memoria histórica, estilo, fecundidad, refinamiento, malditismo y más cosas le convierten en un referente de la literatura española del siglo XX (y que continúa en el XXI). Ahora que nuestros jóvenes parece que han perdido la memoria y que no hubo mundo gay antes de Boris Izaguirre, Villena nos recuerda (pero lo hace siempre) que no todo es Stonewall o Chueca. Fascinado (me incluyo) por la obra de uno de nuestros mejores poetas, Luis Antonio no hace un análisis sobre ésta, sino un recuerdo del hombre que quiso ser poema antes que poeta. Porque la vida de Gil de Biedma es inseparable de su poesÃa, porque dejó de escribir muy joven, porque murió de SIDA también joven (“como dicen que mueren los que han amado mucho«).
Ese alto ejecutivo de la CompañÃa de Tabacos de Filipinas se convierte por las noches en un chacal a la busca de un hombre con el que pasar la noche, y Villena nos cuenta en primera persona algunas de esas noches, en las que compartieron algo más que unas copas y una conversación.
Quizá, como dice el autor, Gil de Biedma no tuvo nunca un amor con nombre propio, pero amó hasta el extremo la juventud y la vida.
Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
elputojacktwist (la preciosa imagen es de la fotógrafa barcelonesa Colita)