Shortbus, de John Cameron Mitchell
Estados Unidos – 2006
La Estatua de la Libertad, y a volar. Poco después, un joven desnudo se hace una autofelación y se corre en su propia boca. Asà empieza ‘Shortbus‘, y no de forma casual. Lo último de John Cameron Mitchell, el director que sorprendió con ‘Hedwig and the angry inch’, es ante todo un ejercicio de eyaculación libérrima en la cara de cualquiera. Con fuerza y sin pudor.
Tres ejes centrales: una terapeuta sexual que nunca ha tenido un orgasmo, una ‘dominatrix’ bisexual con problemas para relacionarse y una pareja gay que se plantea introducir a un tercero en sus relaciones. y de fondo, el ‘Shortbus’, un club de sexo neoyorquino en el que homosexuales, heterosexuales, travestis, filias, orgÃas y fantasÃas se mezclan sin tabúes y sin etiquetas.
Es cierto que el desarrollo paralelo de los personajes es desigual, y es quizá ahà donde resida el defecto más importante de la pelÃcula. Frente a la pareja gay, muy bien trazada, la ‘dominatrix’ queda desdibujada, apenas en un boceto de lo que podrÃa haber sido.
Hay quien dice que es sólo una pelÃcula de sexo. Que más allá de orgasmos en grupo, primeros planos de penes erectos y sado ‘light’, no hay mucho. Pero no: ‘Shortbus’ también habla de relaciones afectivas, de barreras mentales, fÃsicas y personales, de cómo el sexo puede canalizar nuestros problemas o nuestra forma de relacionarnos, o de no relacionarnos.
Por eso y por su banda sonora, perdonando los pequeños defectos narrativos, merece la pena un voto de confianza, sin miedo a ser salpicado por los fluidos y sentimientos de la pantalla.